Il Flamenco a Milano รจ il Mosaico Danza. Corsi, Lezioni, Seminari di Flamenco, Palos Flamenchi, Musica dal Vivo
mosaicoflamenco - il portale italiano del flamenco

LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS
(1935)

    A mi querida amiga
    Encarnación López Júlvez

    1
    La cogida y la muerte

        
        A las cinco de la tarde.
        Eran las cinco en punto de la tarde.
        Un niño trajo la blanca sábana
        a las cinco de la tarde.
        Una espuerta de cal ya prevenida
        a las cinco de la tarde.
        Lo demás era muerte y sólo muerte
        a las cinco de la tarde.

        El viento se llevó los algodones
        a las cinco de la tarde.
        Y el óxido sembró cristal y níquel
        a las cinco de la tarde.
        Ya luchan la paloma y el leopardo
        a las cinco de la tarde.
        Y un muslo con un asta desolada
        a las cinco de la tarde.
        Comenzaron los sones de bordón
        a las cinco de la tarde.
        Las campanas de arsénico y el humo
        a las cinco de la tarde.

        En las esquinas grupos de silencio
        a las cinco de la tarde.
        ¡Y el toro solo corazón arriba!
        a las cinco de la tarde.
        Cuando el sudor de nieve fue llegando
        a las cinco de la tarde,
        cuando la plaza se cubrió de yodo
        a las cinco de la tarde,
        la muerte puso huevos en la herida
        a las cinco de la tarde.
        A las cinco de la tarde.
        A las cinco en punto de la tarde.

        Un ataúd con ruedas es la cama
        a las cinco de la tarde.
        Huesos y flautas suenan en su oído
        a las cinco de la tarde.
        El toro ya mugía por su frente
        a las cinco de la tarde.
        El cuarto se irisaba de agonía
        a las cinco de la tarde.
        A lo lejos ya viene la gangrena
        a las cinco de la tarde.
        Trompa de lirio por las verdes ingles
        a las cinco de la tarde.
        Las heridas quemaban como soles
        a las cinco de la tarde,
        y el gentío rompía las ventanas
        a las cinco de la tarde.
        A las cinco de la tarde.
        ¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
        ¡Eran las cinco en todos los relojes!
        ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
         

        2
        La sangre derramada

        ¡Que no quiero verla!

        Dile a la luna que venga,
        que no quiero ver la sangre
        de Ignacio sobre la arena.

        ¡Que no quiero verla!

        La luna de par en par,
        caballo de nubes quietas,
        y la plaza gris del sueño
        con sauces en las barreras.

        ¡Que no quiero verla!
        Que mi recuerdo se quema.
        ¡Avisad a los jazmines
        con su blancura pequeña!

        ¡Que no quiero verla!

        La vaca del viejo mundo
        pasaba su triste lengua
        sobre un hocico de sangres
        derramadas en la arena,
        y los toros de Guisando,
        casi muerte y casi piedra,
        mugieron como dos siglos,
        hartos de pisar la tierra.

        No.
        ¡Que no quiero verla!

        Por las gradas sube Ignacio
        con toda su muerte a cuestas.
        Buscaba el amanecer,
        y el amanecer no era.
        Busca su perfil seguro,
        y el sueño lo desorienta.
        Buscaba su hermoso cuerpo
        y encontrò su sangre abierta.
        ¡No me digáis que la vea!
        No quiero sentir el chorro
        cada vez con menos fuerza;
        ese chorro que ilumina
        los tendidos y se vuelca
        sobre la pana y el cuero
        de muchedumbre sedienta.
        ¿Quién me grita que me asome?
        ¡No me digáis que la vea!

        No se cerraron sus ojos
        cuando vio los cuernos cerca,
        pero las madres terribles
        levantaron la cabeza.
        Y a través de las ganaderías
        hubo un aire de voces secretas,
        que gritaban a toros celestes
        mayorales de pálida niebla.

        No hubo príncipe en Sevilla
        que comparársele pueda,
        ni espada como su espada
        ni corazón tan de veras.
        Como un río de leones
        su maravillosa fuerza,
        y como un torso de mármol
        su dibujada prudencia.
        Aire de Roma andaluza
        le doraba la cabeza
        donde su risa era un nardo
        de sal y de inteligencia.
        ¡Qué gran torero en la plaza!
        ¡Qué buen serrano en la sierra!
        ¡Qué blando con las espigas!
        ¡Qué duro con las espuelas!
        ¡Qué tierno con el rocío!
        ¡Qué deslumbrante en la feria
        ¡Qué tremendo con las últimas
        banderillas de tiniebla!

        Pero ya duerme sin fin.
        Ya los musgos y la hierba
        abren con dedos seguros
        la flor de su calavera.
        Y su sangre ya viene cantando:
        cantando por marismas y praderas,
        resbalando por cuernos ateridos,
        vacilando sin alma por la niebla,
        tropezando con miles de pezuñas
        como una larga, oscura, triste lengua,
        para formar un charco de agonía
        junto al Guadalquivir de las estrellas.

        ¡Oh blanco muro de España!
        ¡Oh negro toro de pena!
        ¡Oh sangre dura de Ignacio!
        ¡Oh ruiseñor de sus venas!

        No.
        ¡Que no quiero verla!
        Que no hay cáliz que la contenga,
        que no hay golondrinas que se la beban,
        no hay escarcha de luz que la enfríe,
        no hay canto ni diluvio de azucenas,
        no hay cristal que la cubra de plata.
        No.
        ¡¡Yo no quiero verla!!
         

        3
        Cuerpo presente

        La piedra es una frente donde los sueños gimen
        sin tener agua curva ni cipreses helados.
        La piedra es una espalda para llevar al tiempo
        con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

        Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
        levantando sus tiernos brazos acribillados,
        para no ser cazadas por la piedra tendida
        que desata sus miembros sin empapar la sangre.

        Porque la piedra coge simientes y nublados,
        esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
        pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
        sino plazas y plazas y otra plaza sin muros.

        Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
        Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
        la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
        y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

        Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
        El aire como loco deja su pecho hundido,
        y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
        se calienta en la cumbre de las ganaderías.

        ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
        Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
        con una forma clara que tuvo ruiseñores
        y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

        ¿Quién arruga el sudario?

        ¡No es verdad lo que dice!
        Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
        ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
        aquí no quiero más que los ojos redondos
        para ver ese cuerpo sin posible descanso.

        Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
        Los que doman caballos y dominan los ríos:
        los hombres que les suena el esqueleto y cantan
        con una boca llena de sol y pedernales.

        Aquí quiero yo verlos: Delante de la piedra.
        Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
        Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
        Para este capitán atado por la muerte.

        Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
        que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
        para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
        sin escuchar el doble resuello de los toros.

        Que se pierda en la plaza redonda de la luna
        que finge cuando niña doliente res inmóvil;
        que se pierda en la noche sin canto de los peces
        y en la maleza blanca del humo congelado.

        No quiero que le tapen la cara con pañuelos
        para que se acostumbre con la muerte que lleva.
        Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
        Duerme, vuela, reposa:¡También se muere el mar!

       

 

        

        4
        Alma ausente

        No te conoce el toro ni la higuera,
        ni caballos ni hormias de tu casa.
        No te conoce el niño ni la tarde
        porque te has muerto para siempre.

        No te conoce el lomo de la piedra,
        ni el raso negro donde te destrozas.
        No te conoce tu recuerdo mudo
        porque te has muerto para siempre.

        El Otoño vendrá con caracolas,
        uva de niebla y montes agrupados,
        pero nadie querrá mirar tus ojos
        porque te has muerto para siempre.

        Porque te has muerto para siempre,
        como todos los muertos de la Tierra,
        como todos los muertos que se olvidan
        en un montón de perros apagados.

        No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
        Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
        La madurez insigne de tu conocimiento.
        Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
        La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

        Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
        un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
        Yo canto su elegancia con palabras que gimen
        y recuerdo una brisa triste por los olivos.

LAMENTO PER IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS
(1935)

    Alla cara amica
    Encarnación López Júlvez

    1
    Il cozzo e la morte

       

        Alle cinque della sera.
        Eran le cinque in punto della sera.
        Un bambino portò il lenzuolo bianco
        alle cinque della sera.
        Una sporta di calce già pronta
        alle cinque della sera.
        Il resto era morte e solo morte
        alle cinque della sera.

        Il vento portò via i cotoni
        alle cinque della sera.
        E l’ossido seminò cristallo e nichel
        alle cinque della sera.
        Già combatton la colomba e il leopardo
        alle cinque della sera.
        E una coscia con un corno desolato
        alle cinque della sera.
        Cominciarono i suoni di bordone
        alle cinque della sera.
        Le campane d’arsenico e il fumo
        alle cinque della sera.
        Negli angoli gruppi di silenzio
        alle cinque della sera.
        Solo il toro ha il cuore in alto!
        alle cinque della sera.
        Quando venne il sudore di neve
        alle cinque della sera,
        quando l’arena si coperse di iodio
        alle cinque della sera,
        la morte pose le uova nella ferita
        alle cinque della sera.
        Alle cinque della sera.
        Alle cinque in punto della sera.

        Una bara con ruote è il letto
        alle cinque della sera.
        Ossa e flauti suonano nelle sue orecchie
        alle cinque della sera.
        Il toro già mugghiava dalla fronte
        alle cinque della sera.
        La stanza s’iridava d’agonia
        alle cinque della sera.
        Da lontano già viene la cancrena
        alle cinque della sera.
        Tromba di giglio per i verdi inguini
        alle cinque della sera.
        Le ferite bruciavan come soli
        alle cinque della sera.
        E la folla rompeva le finestre
        alle cinque della sera.
        Alle cinque della sera.
        Ah, che terribili cinque della sera!
        Eran le cinque a tutti gli orologi!
        Eran le cinque in ombra della sera!


        2
        Il sangue versato

        Non voglio vederlo!

        Di’ alla luna che venga,
        ch’io non voglio vedere il sangue
        d’Ignazio sopra l’arena.

        Non voglio vederlo!

        La luna spalancata.
        Cavallo di quiete nubi,
        e l’arena grigia del sonno
        con salici sullo steccato.

        Non voglio vederlo!
        Il mio ricordo si brucia.
        Ditelo ai gelsomini
        con il loro piccolo bianco!

        Non voglio vederlo!

        La vacca del vecchio mondo
        passava la sua triste lingua
        sopra un muso di sangue
        sparso sopra l’arena,
        e i tori di Guisando,
        quasi morte e quasi pietra,
        muggirono come due secoli
        stanchi di batter la terra.

        No.
        Non voglio vederlo!

        Sui gradini salì Ignazio
        con tutta la sua morte addosso.
        Cercava l’alba,
        ma l’alba non era.
        Cerca il suo dritto profilo,
        e il sogno lo disorienta.
        Cercava il suo bel corpo
        e trovò il suo sangue aperto.
        Non ditemi di vederlo!
        Non voglio sentir lo zampillo
        ogni volta con meno forza:
        questo getto che illumina
        le gradinate e si rovescia
        sopra il velluto e il cuoio
        della folla assetata.
        Chi mi grida d’affacciarmi?
        Non ditemi di vederlo!

        Non si chiusero i suoi occhi
        quando vide le corna vicino,
        ma le madri terribili
        alzarono la testa.
        E dagli allevamenti
        venne un vento di voci segrete
        che gridavano ai tori celesti,
        mandriani di pallida nebbia.
        Non ci fu principe di Siviglia
        da poterglisi paragonare,
        né spada come la sua spada
        né cuore così vero.
        Come un fiume di leoni
        la sua forza meravigliosa,
        e come un torso di marmo
        la sua armoniosa prudenza.
        Aria di Roma andalusa
        gli profumava la testa
        dove il suo riso era un nardo
        di sale e d’intelligenza.
        Che gran torero nell’arena!
        Che buon montanaro sulle montagne!
        Così delicato con con le spighe!
        Così duro con gli speroni!
        Così tenero con la rugiada!
        Così abbagliante nella fiera!
        Così tremendo con le ultime
        banderillas di tenebra!

        Ma ormai dorme senza fine.
        Ormai i muschi e le erbe
        aprono con dita sicure
        il fiore del suo teschio.
        E già viene cantando il suo sangue:
        cantando per maremme e praterie,
        sdrucciolando sulle corna intirizzite,
        vacillando senz’anima nella nebbia,
        inciampando in mille zoccoli
        come una lunga, scura, triste lingua,
        per formare una pozza d’agonia
        vicino al Guadalquivir delle stelle.

        Oh, bianco muro di Spagna!
        Oh, nero toro di pena!
        Oh, sangue forte d’Ignazio!
        Oh, usignolo delle sue vene!

        No.
        Non voglio vederlo!
        Non v’è calice che lo contenga,
        non rondini che se lo bevano,
        non v’è brina di luce che lo ghiacci,
        né canto né diluvio di gigli,
        non v’è cristallo che lo copra d’argento.
        No.
        Io non voglio vederlo!!


        3
        Corpo presente

        La pietra è una fronte dove i sogni gemono
        senz’aver acqua curva né cipressi ghiacciati.
        La pietra è una spalla per portare il tempo
        Con alberi di lagrime e nastri e pianeti.

        Ho visto piogge grigie correre verso le onde
        alzando le tenere braccia crivellate
        per non esser prese dalla pietra stesa
        che scioglie le loro membra

        senza bere il sangue.

        Perché la pietra coglie semenze e nuvole,
        scheletri d’allodole e lupi di penombre,
        ma non dà suoni, né cristalli, né fuoco,
        ma arene e arene e un’altra arena senza muri.

        Ormai sta sulla pietra Ignazio il ben nato.
        Ormai è finita. Che c’è?

        Contemplate la sua figura:
        la morte l’ha coperto di pallidi zolfi
        e gli ha messo una testa di scuro minotauro.

        Ormai è finita. La pioggia entra nella sua bocca.
        Il vento come pazzo il suo petto ha scavato,
        e l’Amore, imbevuto di lacrime di neve,
        si riscalda in cima agli allevamenti.

        Cosa dicono? Un silenzio putrido riposa.
        Siamo con un corpo presente che sfuma,
        con una forma chiara che ebbe usignoli
        e la vediamo riempirsi di buchi senza fondo.

        Chi increspa il sudario?

        Non è vero quel che dice!
        Qui nessuno canta, né piange nell’angolo,
        né pianta gli speroni né spaventa il serpente:
        qui non voglio altro che gli occhi rotondi
        per veder questo corpo senza possibile riposo.

        Voglio veder qui gli uomini di voce dura.
        Quelli che domano cavalli e dominano i fiumi:
        gli uomini cui risuona lo scheletro e cantano
        con una bocca piena di sole e di rocce.

        Qui li voglio vedere. Davanti alla pietra.
        Davanti a questo corpo con le redini spezzate.
        Voglio che mi mostrino l’uscita
        per questo capitano legato dalla morte.

        Voglio che mi insegnino un pianto come un fiume
        ch’abbia dolci nebbie e profonde rive
        per portar via il corpo di Ignazio e che si perda
        senza ascoltare il doppio fiato dei tori.

        Si perda nell’arena rotonda della luna
        che finge,quando è bimba dolente,

        bestia immobile;
        si perda nella notte senza canto dei pesci
        e nel bianco spineto del fumo congelato.

        Non voglio che gli copran la faccia con fazzoletti
        perché s’abitui alla morte che porta.
        Vattene, Ignazio. Non sentire il caldo bramito.
        Dormi, vola, riposa. Muore anche il mare!

 

        4
        Anima assente

        Non ti conosce il toro né il fico,
        né i cavalli né le formiche di casa tua.
        Non ti conosce il bambino né la sera
        perché sei morto per sempre.

        Non ti conosce il dorso della pietra,
        né il raso nero dove ti distruggi.
        Non ti conosce il tuo ricordo muto
        perché sei morto per sempre.

        Verrà l’autunno con conchiglie,
        uva di nebbia e monti aggruppati,
        ma nessuno vorrà guardare i tuoi occhi
        perché sei morto per sempre.

        Perché sei morto per sempre,
        come tutti i morti della Terra,
        come tutti i morti che si scordano
        in un mucchio di cani spenti.

        Nessuno ti conosce. No. Ma io ti canto.
        Canto per dopo il tuo profilo e la tua grazia.
        L’insigne maturità della tua conoscenza.
        Il tuo appetito di morte e il gusto della

        sua bocca.
        La tristezza che ebbe la tua coraggiosa allegria.

        Tarderà molto a nascere, se nasce,
        un andaluso così chiaro, così ricco d’avventura.
        Io canto la sua eleganza con parole che gemono
        e ricordo una brezza triste negli ulivi.